Saturday, September 10, 2016

WEINEN MAKABREN















                                                 Por Gonzalo Vilo





       Desde hacía un buen rato Jurgen se paseaba a través de la habitación junto a su cámara, enfocando desde diversas direcciones hacia el centro. El ángulo debía ser el apropiado para que el cuerpo de Ozur pudiera apreciarse en su totalidad, sin embargo, se había dado cuenta que necesitaba un mueble alto donde apoyar el lente. En la habitación había dos que reunían estas características, un ropero, ya viejo, que estaba al lado de la puerta, y un closet, un poco más bajo, pero que era nuevo y se ubicaba en un rincón cerca de la ventana. Se decidió finalmente por este último, cuidándose antes de cerrar bien la cortina, para que la luz que entraba por la ventana no interfiriera con la atmosfera que debía tener la escena. 

Con cuidado subió a una silla y colocó la cámara sobre el mueble. Con calma ajustó el lente y se ubicó detrás, desde donde observó el rostro moreno y angulado de Ozur, que lo miraba con serenidad.

- Warten –Le dijo, mientras seguía acomodando un poco más el lente.

Ozur, sin embargo, miró hacia otra parte, fijando su vista en una mancha que estaba en la pared. 

- Warten – Repitió Jurgen, pero nuevamente el moreno continuó distraído.

Jurgen caminó hacia él y con gentileza le indicó que levantara la cabeza. Le preguntó si quería algo, pero Ozur lo ignoró, quejándose por tanta demora.

- Gut, gut –Dijo Jurgen, volviendo a su lugar detrás de la cámara.

Ozur lo vio caminar en silencio, mirando con asco sus piernas gordas y su guata descomunal, que se abrían paso con torpeza a través de la estrecha habitación.

- Kuh –Murmuró.

De pronto, sonrió un poco al recordar el aviso. Era un flyer de internet, y en la foto Jurgen aparecía joven y delgado, con lentes oscuros. Más abajo, en letras grandes y negras, un número de teléfono, una dirección de correo electrónico y las palabras Weinen Makabren destacadas con marcadas letras negras. Abajo del aviso venía la cantidad ofrecida: un millón de euros libres de impuesto, lo único, en realidad, que lo había motivado a leer aquel aviso y a viajar desde el lado pobre de Dortmund, hasta aquel barrio residencial. 

Jurgen llamó la atención de Ozur con su mano derecha. Cuando vio que este miraba a la cámara, la detuvo en el aire. El otro se quedó quieto y espero por las indicaciones. Jurgen bajó la mano y puso el dedo pulgar hacia arriba, dando a entender que ya estaba grabando. 

Aquella era la primera filmación para la Weinen Makabren y al gordo se le veía muy entusiasmado y nervioso. Es más, sus piernas estaban tensas y hasta temblaron cuando llegó el momento de dejar la cámara y avanzar hacia Ozur que lo miraba atento. Cuando llegó hasta el, volteó hacia la cámara, pero no la miró directamente. En ese momento su entusiasmo lo traicionaba y se dejaba ir. Ebrio en su ego, pensaba en el impacto y el revuelo que iba a ocasionar su primer trabajo, sin tener aún la seguridad de que le enorgullecía más, si su propia obra o el hecho de que fuese el primer video lanzado con el sello de la Weinen Makabren, el nombre que había elegido para su proyecto, su página de internet.

Felizmente para él, no tardó mucho en volver a la realidad, y entonces advirtió que Ozur había levantado la cabeza y lo miraba. Jurgen se sorprendió y vio sus ojos negros interrogándolo. El moreno levantó una de sus cejas, pero el gordo no supo que decir. Para salir del paso, le preguntó a Ozur si quería agregar algo, alguna frase o un saludo para su familia, sin embargo, el otro sólo arrugo el rostro extrañado.

Jurgen, en todo caso, no insistió, y rápidamente metió la mano a su bolsillo. Desde allí sacó un cuchillo, largo y afilado, el cual colocó sobre el cuello de Ozur. 

Enseguida comenzó a recitar algo, una especie de poema. Luego empezaron los gritos. 

¡Weinen Makabren! ¡Weinen Makabren!

Ozur lo escuchaba en silencio. Miró hacia arriba y respiró hondo. Un millón de euros, pensó, y una sonrisa se abrió nerviosa en su rostro hosco al imaginar a su mujer sorprendida frente al cajero automático.

¡Weinen Makabren! ¡Weinen Makabren! –Volvió a escuchar.

Ozur sintió la fría hoja del cuchillo traspasando su garganta. 

Permaneció en silencio e inmóvil, resistiendo el dolor. El gordo seguía hundiendo el cuchillo en su piel, gritando además su horrorosa consigna, como si hubiese alcanzado una conexión absoluta con su dios, su dios cercano y perverso.

- Weinen Makabren –Volvió a gritar, agitando ahora con su mano derecha la cabeza de Ozur.



Weinen Makabren. Weinen Makabren






















Tuesday, December 15, 2015

LA LLEGADA DEL CÍCLOPE ROJO

Oculto dentro de nuestras pesadillas se encuentran los dioses  mas perversos. Hoy Gonzalo Vilo nos cuenta la historia de uno de ellos, el maldito cíclope rojo










      Llevábamos varias horas manejando sin aún encontrar el lugar que nos había dicho el Pablo. Era de madrugada y la neblina apenas si nos dejaba ver algo del camino, pero, por fortuna, el Gabriel vio las rocas pintadas y hasta allá nos fuimos, saltando sobre nuestros asientos a causa de la tierra y las piedras. Estacionamos bajo dos árboles y salimos mirando para todos lados. Con cautela y en silencio caminamos hacia la parte de atrás del auto para abrir la puerta del maletero, donde estaba el Pablo, nuestro líder, quien aún dormía por los sedantes que le habíamos dado hace un par de horas. 

Con el Gabriel lo sacamos, dejándolo caer al suelo, a la tierra mezclada con maleza de aquel peladero infestado de ratas, y luego lo hicimos rodar con el pie, hasta alejarlo lo suficiente del auto. 

- Anda a traerte unos palos - Me dijo el Gabriel, mientras bebía un trago de la botella de ron que tenía en su mano.

Yo asentí, pero antes le pedí la botella y le di un taco, largo, solo entonces salí a buscarlos.

Anduve rondando por aquel peladero unos cinco minutos, al volver, el Gabriel ya lo tenía casi todo armado. Había hecho un círculo con piedras, dibujando el símbolo del ciclope rojo en la tierra y este miraba directo a la luna, sosteniendo una especie de flecha, mientras dirigía con fuerza sus tentáculos hacia una estrella. 

- Tíralos acá - Me dijo, señalando el círculo de piedras.

Dejé caer los palos y volví a buscar algunas ramas. Apenas podía iluminar mis pasos gracias a la luz de mi pequeña linterna, pero aún así caminaba rápido, sin preocuparme demasiado. A lo lejos, algunos perros aullaban y ladraban.

Di vueltas alrededor del peladero trotando un poco para abrigarme. Al volver, me di cuenta que El Gabriel ya había encendido el fuego, aunque este todavía crepitaba débil. Rápidamente, como si se tratara de un enfermo terminal, dejé caer las ramas sobre el fuego y enseguida una braza amarilla subió a la altura de mis rodillas, abrigándome el cuerpo de inmediato. 

- Agárrate al Pablo de las manos – Le dije entonces a mi amigo – Yo lo llevo de los pies.

El Gabriel asintió y tomó aquellos brazos largos y peludos. A la cuenta de tres lo levantamos del suelo.

Mientras lo subíamos, recordé el día en que nuestro líder nos habló por primera vez de la llegada del Cíclope Rojo, de la ceremonia y de todo lo que debíamos hacer para recibirlo. Él lo tenía todo planeado. Sabía el lugar el día y la hora exacta en que arribaría y conocía también sus gustos aparte de lo mucho que consideraba los sacrificios de sus fieles. Me acuerdo que un viernes, a la hora del almuerzo, se levantó de la silla y nos dijo, con una solemnidad para nosotros desconocida, que el cíclope rojo llegaría a fin de mes, a las tres y media de la madrugada, y que a él, como nuestro líder, le correspondía ir a su encuentro. Nosotros no dijimos nada. Solo lo miramos y luego seguimos comiendo, mientras él se quedaba observando con atención el horno y el fuego de la cocina.

Bueno, durante aquella primera semana, luego del anuncio, Pablo, nuestro líder, quiso seguir compartiendo con nosotros igual que antes, mostrándose tranquilo y decidido ante su futuro. A mí con el Gabriel, en todo caso, su actitud nos parecía bastante sospechosa, más aun cuando, en ciertas oportunidades, respondía con evasivas o con monosílabos cada vez que queríamos preguntarle cosas respecto a la ceremonia misma, o sobre que debíamos decir cuando apareciera el Cíclope rojo. Más tarde comenzó a encerrarse en su pieza, a escuchar música por horas con la luz apagada, volviéndose silente, y ese desanimo se traspasó a nosotros, que ya no sabíamos que hacer con la maldita ceremonia.

Los últimos días, antes de venir aquí, él nos explicó al fin en que consistía la ceremonia y nos reveló además el lugar, que había marcado con unas manchas rojas sobre unas rocas, pero entonces comenzaron las crisis de pánico, y ya no hubo otra cosa que hacer más que aplicarle sedantes o darle hongos alucinógenos. No había otra cosa, la verdad, que pudiera calmar sus temores o sus ansias. Cuando los tomaba, se quedaba sonriente en el sillón, o en su cama y nos miraba con los ojos entrecerrados, confundiéndonos con seres extraños, de nombres impronunciables. Yo con el Gabriel sonreíamos y lo dejábamos solo, mientras él hablaba con ellos o cantaba, siguiendo el ritmo de una atonal melodía.

Quise seguir pensando un rato en aquella melodía, pero entonces me di cuenta que ya estábamos a punto de llegar al círculo de fuego y tuve que volver a la realidad. Con temor miré las llamas de casi un metro de altura y dimos con el Gabriel los dos pasos que nos faltaban, para luego dejar caer el cuerpo en la fogata. Asombrados, con mi amigo contemplamos la fuerza del fuego y vimos como las llamas comenzaban a rodear a nuestro líder por completo. No sabíamos que hacer. Inmóviles advertíamos como las llamas traspasaban sin piedad las más profundas cavidades del que antes había sido nuestro guía. No sabíamos que pensar ni que decir, así que solo permanecimos callados y muy quietos.

Sin embargo, pronto algo pareció alertar al Gabriel, quien comenzó a rascarse la cabeza y a mirar con preocupación hacia abajo, donde las largas piernas del Pablo se habían salido del círculo. De un salto los dos llegamos a ellas y con algunas ramas las volvimos a poner dentro, aunque luego también tuvimos que acomodar su cabeza y doblar sus manos para que el cuerpo completo cupiera dentro de la fogata, y todo esto mientras el fuego nos rozaba la cara. 

- ¿Qué hora es hueón? Me preguntó el Gabriel con la frente goteando de sudor.

- Las tres veinte y nueve – Le dije y guardé mi celular – Falta un minuto.

Ambos retrocedimos algunos pasos. Frente a nosotros, el cuerpo del Pablo comenzaba poco a poco a ser consumido por el fuego. Miramos hacia el cielo, donde una luna menguante atravesaba la noche como un luminoso garfio.

- ¿Escuchaste? – Me preguntó entonces el Gabriel.

- No – Le dije.

Mire hacia los lados y luego volví a mirar hacia arriba, forzando la vista. Entonces el Gabriel me tomó del hombro y me apunto hacia el fuego, cuyas llamas se elevaban ya sobre el metro.

Para mi sorpresa, vi como el Pablo se retorcía allí dentro. Había pasado un poco el efecto de los sedantes y ahora lo escuchábamos a gritar y llorar encerrado en aquel círculo. El Gabriel intentó ir hacia allá, pero yo lo detuve de inmediato.

Los gritos desgarradores se confundían con los ladridos de los perros. El olor era nauseabundo. Se suponía que el Cíclope Rojo iba a llegar entre las tres y media y las tres treinta y cinco pero hasta el momento no habíamos visto nada que hiciera notar su presencia.

- ¿Hasta qué hora teníamos que esperar? – Me preguntó el Gabriel, sin quitarle la vista al fuego.

- Ya va a llegar – Le respondí – Son cinco minutos.

-¿Y si no llega?

- No se hueón.

Esperamos con paciencia. Poco a poco los gritos desgarradores fueron bajando en intensidad y ya después de un rato solo se oían débiles quejidos y lamentos. ¿Había muerto?

Volví a mirar el celular. Eran ya las tres treinta y ocho. De todas formas, seguimos esperando.



Pronto los aullidos y ladridos de los perros comenzaron a escucharse cada vez más fuerte. A la distancia se observaban pequeños fulgores que se movían inquietos como mosquitos. Lo que temía. Le dije entonces al Gabriel que se calmara, que aún quedaba tiempo, que teníamos que esperar.

- Pero ya vienen –Me dijo – Nos van a llevar, apaguemos el fuego.

- No – Le dije – Todavía no, hay que esperar, debemos esperar.

Finalmente, a las tres cuarenta, diez minutos después de la hora que el Pablo nos había dicho, desde la fogata comenzó a emerger una especie de humo plateado, el cual poco a poco fue acercándose hacia nosotros, para luego rodearnos, alargándose desde la tierra hasta nuestras cabezas en forma de espiral.

El Gabriel y yo nos miramos. A lo lejos, podíamos oír el sonido de las primeras sirenas, que ya se acercaban.

Una débil melodía, atonal, acompañada de un murmullo, llegó de pronto a nuestros oídos. La melodía nos era conocida, el murmullo, no.

- Salgan de… Llegó la hora de… 

Era una voz suave, como de mujer, pero nosotros sabíamos que no lo era, que no podía ser una mujer. Lamentablemente, apenas podíamos escuchar lo que decía a causa de las malditas sirenas, aunque la música la oíamos muy bien y esta se adentraba en nuestros oídos, grabándose de a poco en nuestras mentes.

- Díganles que ya estoy aquí - Fue lo siguiente que escuchamos.

Sentí que mi corazón palpitaba fuerte, demasiado acelerado. Además, el humo que seguía rodeándome, empezaba a meterse en mis ojos y en mi nariz, por lo que apenas podía ver y respirar. Con mi mano me toqué el pecho y noté como los latidos seguían subiendo su ritmo descontrolado. Me sentía extraño y esta sensación aumentó cuando advertí un fuerte adormecimiento en mis piernas, el cual derivó en un debilitamiento de casi todo mi cuerpo. Traté de dar un paso hacia adelante y hacia atrás, pero no tenía siquiera fuerzas para eso. No sabía que mierda pasaba y comencé a desesperarme. ¿Iba a morir?

- Ahora tu sangre es mi sangre – Escuché que me decía la voz de mujer al oído.

Yo intentaba mantenerme firme y despierto, pero de a poco se me iban cerrando los ojos. Era demasiado el cansancio y el debilitamiento.

No sé cuánto tiempo habré estado así. Lo único que sé es que el Gabriel me despertó y yo me desmoroné, cayendo al suelo como un muñeco de trapo. Desde el suelo observé como las llamas seguían ardiendo, mientras el humo comenzaba de a poco a dispersarse.

- Hueón, levántate – Me dijo el Gabriel, dándome la mano – Allí vienen.

Miré hacia mi derecha y los vi. Los vehículos verde y blanco con sus sirenas rojas. También escuché los perros y los gritos. Todos venían detrás de nosotros.

El Gabriel se puso tras el volante y yo me tiré como pude en el asiento trasero. Mi amigo avanzó por el mismo camino que habíamos llegado, pero unos metros más adelante, dobló y se internó por un sendero de tierra. 

- Ahora tu sangre es mi sangre – Escuché, mientras me acomodaba en el asiento trasero. Miré hacia atrás, extrañado.

- Por aquí ni cagando nos pillan – Dijo el Gabriel, atravesando un extenso peladero repleto de arbustos y de piedras.

Yo, mientras tanto, comencé a sentir un hormigueo incesante por todo mi cuerpo. Algo no andaba bien en mí, estaba seguro.

- ¿Adónde vamos? – Pregunte.

- Donde los Aliaga – Me respondió rápido el Gabriel – Tenemos que decirles que no hagan ni una huea de ceremonia.

Mire hacia atrás, ya no se veía ningún auto ni nada. Sin embargo, aquel hormigueo seguía y subía rápido hasta mi cabeza.

- Pero esa no es nuestra misión – Dije yo, y rápidamente me extrañé de haber dicho aquello, como si fuera otra persona la que hubiera hablado por mí.

- Esa huea nos quería matar – Dijo el Gabriel, eludiendo un par de rocas que aparecían de la nada – ¿Qué no cachaste como nos dejó ese humo culiao?

- Pero nuestra misión es repetir lo que nos dijo – Continúe – Nada más.

El Gabriel se dio vuelta y me miró.

Una melodía atonal llegó a mis oídos. La misma voz de mujer volvía a repetirme que su sangre era la mía. Una presión, profunda, atacó mi cabeza como si una mano gigante la apretara. Con cuidado, comencé a desabrocharme el cinturón.

- ¿Qué vay a hacer Gabriel? – Le pregunté.

Pero él no me respondió y siguió con la mirada al frente, atento al camino y pegado al volante.

- ¿Sabes acaso lo que le sucede a los traidores? - volví a preguntar, mientras subía mis manos con el cinturón, lentamente.

Tampoco esta vez hubo respuesta.

Subí el cinturón un poco más. Al levantarme del asiento unos centímetros, oí la respiración de mi amigo y los latidos de su corazón.

- ¿Qué vai a hacer Gabriel? – Repetí

El siguió mudo.

Con sigilo entonces me levanté del asiento y tomé con mis dos manos cada punta del cinturón. 



- Gabriel – Le dije - ¿Sabes acaso lo que le sucede a los traidores?






Sunday, November 30, 2014

TEMPRANO POR LA MANANA






Por Gonzalo Vilo








           Aquella mañana el despertador sonó como siempre y Mr Palmer lo apagó con naturalidad, como cualquier otro día: con un golpecito leve de su mano derecha, sobre la perilla de metal. Parecía una mañana cualquiera, rutinaria, en donde ya sus movimientos estaban delineados de ante mano para cumplir con sus odiosas y rutinarias obligaciones. Habría de levantarse temprano y con el frío cruel de Londres; darse una ducha; beber un café agrio para despertarse y salir volando para su trabajo.



Mr Palmer se retorcía en la cama pensando en aquella tortura y no se decidía aun a entregarse a sus verdugos. En cambio, quiso antes acariciar el suave brazo de su mujer y besar su calida y pequeña oreja. Pensó que con ello lograría despertarla, pero no fue así: un caprichoso hechizo se había apoderado de ella y el aun no lo sabia.



- Mary vamos -. Murmuro Mr Palmer aun medio dormido mientras acariciaba su pierna.



De pronto, ya mas despierto, al ver sus propias manos, retrocedió 
horrorizado. En segundos Mr Palmer observó la escena con absoluta claridad. Había sangre por toda la cama, en el camisón de ella, y en sus piernas, y en su rostro, y en la almohada, y además, vio un cuchillo con rastros de sangre sobre el velador.



Entonces sonó el despertador y Mary lo apagó con rapidez, como ya estaba acostumbrada a hacerlo algunas veces, cuando Mr Palmer se quedaba dormido.



- Este maldito aparato -. Murmuró aun medio dormida.



Aquella mañana Mr Palmer no estaba a su lado. Sin embargo, su costado de la cama aun estaba cálido y un poco hundido por el peso de su cuerpo y Mary deslizó su mano sobre ese lado de la cama. 



Aquello no le sorprendió. Varias veces su marido se había levantado más temprano de lo usual y había olvidado apagar el despertador, logrando que el dulce sueño de su esposa acabase repentinamente. Aunque esta vez, Mrs. Palmer realmente lo agradecía, sintiéndose en parte rescatada de aquella pesadilla. 



Se levantó de la cama para ver si podía hacer el desayuno de su esposo, pero le extraño no escuchar ningún ruido desde la sala.



- Amor ¿Dónde estas? No tienes idea lo que soñé esta noche -.



En la sala sin embargo encontró a otra mujer, sentada cómodamente en uno de los sofás, y que la miraba desde allí con sorpresa. Cuando Mary la vio, no supo que decir.



- ¿Quién es usted? -. Le pregunto la otra en seguida - ¿Qué hace aquí? -.



Era una mujer de contextura delgada, rubia y muy hermosa. 



- Yo vivo aquí -. Dijo al fin Mary aun sorprendida.



Ambas se miraron a los ojos de forma extraña, como si intentaran 
reconocerse. De pronto la otra mujer se levantó y avanzó unos pasos hacia ella.



- Si no se va de inmediato llamaré a la policía -. Amenazó.



- Pero si yo vivo aquí -. Insistió Mary - ¿Quién diablos es usted? -.



Cuando parecía que la rubia se disponía a telefonear a la policía. Algo en su brazo lo sacudió fuertemente. Mr Palmer abrió los ojos, y vio a una niña pequeña a su lado en ropa interior. La niña no pasaba de los seis años.



- Papá -. Murmuró la pequeña entre sollozos – Me hice pipi en la cama -.



El hombre no había visto jamás a aquella criatura, y sin embargo, imbuido por una extraña fuerza, la siguió por el pasillo hasta su cuarto, al que tampoco recordaba haber entrado. Mr Palmer se sorprendió al no ver la cama mojada. Si en cambio, se conmovió al ver a la niña quitándose el calzón.



- ¿Qué haces? -. Le preguntó Mr Palmer a la pequeña.



- Pero papá -. Contestó la niña – Ayer tu me dijiste que…-



Mr Palmer la miró extrañado. ¿Papá?



- ¿No lo recuerdas papá? -. Le preguntó la niña – Ayer tu me dijiste que…. -. 



Algo entonces hizo despertar a la mujer. Había sido una pesadilla demasiado horrible y ahora respiraba agitada sentada sobre la cama. Tomó un vaso de agua y negó con la cabeza, sonriendo levemente, incrédula aun ante lo que para ella eran dudas demasiado absurdas. De todos modos, ciertos ruidos provenientes del cuarto de su hija la alertaron y le despertaron ciertas sospechas. Ansiosa entonces se levantó de la cama y salió para ver a la pequeña Angie en su cuarto. ¿Dormirá? ¿Estará bien? Algo en su pecho machacaba a un ritmo demasiado acelerado y no la dejaba pensar con claridad.

 Un mechón rubio le cubría su bello rostro, pero se lo apartó enseguida con un nervioso movimiento de su mano. Al internarse en el pasillo escuchó voces, al parecer de la pequeña Angie, y al llegar al cuarto de su hija, abrió la puerta de un golpe. La mujer, al ver a su pequeña hija semidesnuda junto a esa sombra, comenzó a gritar.



- ¡Angie! -.



Quizás fue ese grito lo que despertó nuevamente a Mary, quien agitada se levantó de la cama. Había sido tan real, dios, tan real. Se miró en el espejo y si, su cabello seguía siendo negro, y su rostro aun tenía las mismas facciones de siempre. Sonrió, tranquila, relajada, pero sin alegría, sin aquella dicha tan propia de las mujeres satisfechas consigo mismas. Nada de lo que había pasado era real y se tendió sobre la cama tratando de pensar. Mierda, esos sueños si que no le gustaban, la horrorizaban, pero eran los únicos que de cierta forma lograban hacer olvidar la desgracia en que se había convertido su vida. 



Mr Palmer ya no estaba a su lado y aquello la entristecía enormemente. Su lado de la cama ahora estaba frío, estirado y, quizás lo mas importante, sin su olor. Se lo había llevado todo y en su lugar habían dejado una sombra impenetrable, difusa, en la que 
ahora le atemorizaba adentrarse.



Pero ella no estaba dispuesta a tolerarlo por más tiempo. Sabía que si seguía soportando aquel sufrimiento, aquello se infectaría y se transformaría en un doloroso cáncer: había que cortarlo de raíz. 

Entonces tomó lápiz y papel. Si, estaba loca, todos sabían que estaba loca, pero al menos ahora dirían que se había vuelto loca por amor. Al terminar de escribir la nota, camino hacia la cocina y allí saco del cajón de la despensa uno de los cuchillos que Mr Palmer había olvidado llevarse. Lo tomó y con el volvió hasta su cuarto.











Sunday, November 2, 2014

X2





Por Gonzalo Vilo





       El Camilo y yo estábamos hace más de dos horas en el living. Ya ni me acuerdo de que nos reíamos, pero las carcajadas las podían oír la Romina y la Fernanda que se habían encerrado hacia rato en la habitación roja. 



- Se podrían callar par de hueones – Nos gritó la Feña – No nos podemos concentrar con sus risotadas de burro -.



No las pescamos. El Camilo sacó otro puñado de la bolsa y se lo echó a la boca de una. Masticó por horas y una especie de líquido viscoso se chorreó por la comisura de sus labios. Pensé que era sangre. Tenía ese color rojizo oscuro de la sangre bien coagulada. Pero no, era otra cosa. La miré por algunos segundos y distinguí mi reflejo en una de las gotas que caía al suelo. La vi caer y me despedí con la mano. Era una bellísima lágrima azorada por la indiferencia.



- ¿Que mierda estay haciendo? – Gritó el Camilo, a apunto de volver a reír.



No dije nada y me quedé mirando el piso. Mi amigo entonces se levantó y puso su rostro frente al mío. Los colores me encandilaron. Había una enorme flor en donde debería estar su nariz. Traté de tocarla, pero él se movió en el último instante. Uno de sus pétalos, sin embargo, cayó al suelo. Lo tomé y lo puse en mi nariz. Me imaginé que en unos años más yo también tendría una igual y sonreí, ilusionado. 



Después me puse a fumar y me relajé. En la habitación roja ahora eran las minas quienes se reían. El Camilo, por su parte, se había levantado y caminaba alrededor de la casa. Hablaba, movía las manos, negaba con la cabeza. Se paseaba sobre el pasillo plagado de cucarachas color sangre y al aplastarlas estas hacían cric-crac-cric-crac. Una de ellas de pronto salió de mi boca y fue donde estaban las demás. Avergonzado, me levanté y me escondí detrás del sofá y otra de ellas salió de mi oreja. Era de color amarillo. Puse la cabeza de lado hasta que salieron las dos últimas. Una verde y la otra azul. Las vi alejarse hacia donde estaban sus hermanas.



- Hoy dia si que lo pillamos – Exclamó decidido el Camilo – Hoy día si -.



-¿A quien? – Le pregunté yo, aun escondido detrás del sofá.



- ¿Como que a quien? Al Guachurro – Me respondió enérgico mi amigo - ¿A quien más?.-



El niño entonces comenzó a llorar. Por un momento nos habíamos olvidado que existía. Estaba en pañales y quería a su mama.



- Está en la pieza roja – Le dije – Dile que se te acabó la leche. 



- Ya te habiay olvidado hueón – Insistió el Camilo – Te habiay olvidao del Guachurro -.



- ¿No lo habíamos pillado la semana pasada? -.



- No hueón, na que ver – Me corrigió el Camilo – Se salió por la ventana, tú lo viste -.



El niño estaba golpeando la puerta de la habitación roja. La Fernanda salió de allí cubriéndose con una bata rotosa y le dio su biberón. Ella nos dio una mirada rápida a nosotros, pero enseguida cerró la puerta.



La última vez que habíamos visto al guachurro, teníamos dos bolsas llenas de exquisitos bocadillos verdes, y le habíamos comprado al Costa de la guena. Esa vez lo dejamos todo en la mesa de centro y con las minas nos pusimos a disfrutar de lo lindo. Nunca pensamos que nos íbamos a encontrar con el Guachurro, no era para nada nuestra intención; pero apareció y con su abrigo de piel coyote, enfundado en colores nunca antes vistos, nos impresionó y hasta nos intimidó. Un arco iris siniestro, un infernal ramillete de rarezas lo rodeaba y sus ojos plateados nos siguieron por horas. Fue el quien trajo a las cucarachas. Antes no había. En fin, el Camilo casi lo atrapa, pero se escabulló. Desde ese día nos ha estado visitando brevemente y sólo para molestarnos. A mí a veces me toca la oreja cuando estoy frente al computador. En la ducha te empuja cuando tienes los ojos cerrados por el shampoo. A la Fernanda le levanta la falda y a la Romina le muerde la oreja. Intentamos pillarlo, molestos, pero es imposible.



- ¿Te diste cuenta como nos miro la Feña? – Me pregunto el Camilo.



No le dije nada y aplasté una cucaracha naranja que se acercaba sigilosamente a mi pie.



- Nos miró raro hueón – Continuó mi amigo - Algo raro se traen estas maracas -.



-¿ Voh crei que……? -.



- No se hueón, quizás que huea están haciendo -.



Llame al niño y este vino de inmediato. Se había tomado la mitad del biberón y se estaba desabrochando el pañal. A la vista quedó su inmenso miembro y sus largas piernas peludas.



- Dile a tu mama que te ponga el pañal – Le dije – Anda a golpearle la puerta y dile que te ayude -.



El niño asintió y se dirigió hasta la puerta roja. 



La Feña salió y comenzó a ponerle de nuevo el pañal al niño. El Camilo entonces corrió hasta ella y la sujetó para que no cerrará la puerta. Yo iba detrás y entre a la habitación con violencia. 



- Inspección Guachurra – Exclamé – Inspección Guachurra, calzones y sostenes arriba, no queremos que ningún guachurro vivo merodeé por nuestra ciudad papel -.



La Romina estaba con las manos arriba y en cada una tenía su calzón y su sostén. La Fena se dio vuelta y se puso a reír, a reír a carcajadas.



- Alto – Exclamé de nuevo – Que nadie se ria, esta es una inspección de papel, no queremos calzones ni sostenes vivos merodeando por nuestra ciudad guachurra -.



- Así es – Gritó el Camilo – Esta es una inspección de calzones y sostenes, no queremos ciudades vivas merodeando por aquí, Guachurro de papel, ¿Donde estas? -.



El niño se tiró a la cama y se bajó el pañal. Tomó a la Romina de la cintura y comenzó a besarla. La Romina lo hizo a un lado, pero el niño era fuerte y sus brazos aun más. La Feña le pegó con un palo, y el niño se levantó de la cama con ganas de darle un puñetazo a alguien.



- No Nino…No – Exclamó el Camilo – A tu rincón Niño, a tu rincón -.



El niño se quedó mirándonos. Sus ojos apenas pestañaban. Bufaba. Abajo la verga la tenía parada y apuntaba al techo. Al final, se fue a su rincón sin decir palabra y allí se hizo una paja.



Con el Camilo comenzamos a registrar aquel cuarto. Movimos los muebles, levantamos la cama, pero nada. La Romina y La Feña nos miraban y se reían. Por abajo sus piernas se entrelazaban y sus manos se acariciaban con ternura. 



- Ya, digan donde tienen al Guachurro, par de maracas – Exclamó el Camilo.

- ¿Qué no lo habíamos pillado ayer? – Respondió la Romina.



La Feña a su lado le mordía una oreja y la Romina dio un saltito. Ambas tenían los ojos de colores y sus pestañas eran pequeños bracitos de guagua. Sus lenguas se habían transformado en gigantescas cucarachas.



Los gritos del niño, sin embargo, nos sacaron de allí. Eran gritos que nunca antes le habíamos oído y venían del living. Cuando llegamos, lo vimos en el suelo pataleando y apuntando hacia algo que parecía ocultarse detrás de la cortina. No teníamos idea de que podría ser, así que con el Camilo nos acercamos en silencio. Rápidamente tomé un tenedor de la cocina y la Romina se cago de la risa. Enojado, le tiré una cucaracha pero ella no le hizo el quite y la dejo caer entre sus tetas. 



Toda la casa se movía, palpitaba. Se colaba un olor fétido y una estela pálida de humo, además de un diente de león gigante. El niño seguía gritando y pataleando y yo le di una patada en el culo para que dejase de huear. El Camilo entonces tomó la cortina y la abrió, pero allí no había nada. Los dos sospechamos de inmediato y dimos vuelta la cabeza. Fue allí cuando vimos una estela verde alejándose detrás del diente de león. 



- El Guachurro - Exclamó la Feña – Allí está, Píllenlo -.



Hicimos a un lado a las minas y corrimos hacia donde estaba la estela verde que seguía avanzando por el pasillo. El Camilo iba adelante y la siguió hasta que se metió en el cuarto del niño. La luz estaba apagada, pero el no me dejó encenderla.

- Agarra bien el tenedor culiao – Me dijo – Se lo ensartai en el ojo no más -.



Caminamos despacio. Ninguno de los dos respiraba. Nos sabíamos de memoria la pieza del niño, así que no tropezábamos. Debajo de la cama se advertía un brillo intenso y extraño, pero antes de agacharnos, el Camilo gritó y me tocó el hombro. Detrás de nosotros una araña verde gigantesca nos observaba. Al instante le enterré mi tenedor en uno de sus ojos y un chorro verdoso me cayó en la nariz. 



- Conchetumare – Exclamó el Camilo.



Salimos de allí espantados. En el living la Feña y la Romina gritaban. La Feña tenía un palo y le pegaba en la cabeza a Niño, que se había montado sobre la Romina y la embestía con fuerza. La Romina gritaba de dolor y el niño la tenía toda adentro. Entre todos tratamos de sacarlo de allí, pero fue imposible. Solo cuando se vino logramos separarlo y el Camilo lo mandó a su cuarto. El niño se fue tambaleando, con el pañal en su mano, mientras la Romina se quedaba llorando en el piso.



- Niño malo – Exclamé – Eso no se hace -.



- Por que lo mandaste pa lla Camilo – Gritó la Feña – Si está el…. -.



De inmediato se sintieron unos golpes. Luego un par de gritos. La puerta y las paredes comenzaron a temblar. 



Salió de allí un cuerpo sin forma. Verde. Con cabeza de carnero, tronco de hombre y patas de araña. Tenía un ojo salido y el tenedor aun enterrado en la cuenca vacía. Tiró el abrigo de coyote en el sillón y se fue inmediatamente hacia nosotros. A mi me lanzó un mordisco y al Camilo le arrojó una lámpara, pero mi amigo la esquivó sin problemas. 

Luego vimos como las patas de araña desaparecían y se transformaban en pies de hombre. Su cabeza también cambió y empezó a adquirir una forma parecida a la humana. Nos fijamos en su rostro, era alargado y con claros rasgos áindianos. Tenía el pelo liso hacia abajo y sus ojos negros nos apuntaban con rabia.


Con un salto increíble se lanzó hacia la Feña y la tomó entre sus brazos. El Camilo y yo nos agarramos a el y tratamos de separarlo, pero era muy fuerte. Un par de veces nos empujó y salimos volando, sin embargo, nosotros volvíamos y seguíamos en la lucha. Era una bestia enorme, capaz de derribar a un elefante y tenía esa mirada endiablada que te recagaba de miedo. Nunca antes la había visto así. Parecía mucho más grande y más fuerte que la última vez que intentamos atraparla. De que se alimentará, pensé, con inocencia.



La verdad, debo reconocer que en un momento vi que todo estaba perdido. Sobretodo cuando, luego de un esfuerzo supremo, con el Camilo ni siquiera logramos moverla un poco. Estábamos liquidados, me dije. No nos quedaba otra que someternos a la voluntad del Guachurro, que no era otra que morir aplastados y asfixiados entre sus brazos, y claro, el solo hecho de imaginármelo me aterrorizaba horriblemente.



Por eso, cuando sentí aquella cucaracha saliendo de mi oído, para caer sobre uno de los brazos de la bestia, no le di ninguna importancia al asunto. Jamás imagine lo que ocurriría después ¿Quién podría? No obstante, y ante mi sorpresa, de pronto vi a mi pequeña amiga enterrando sus diminutos colmillos sobre el musculoso brazo del Guachurro, para luego comenzar a morder y arrancar pequeños pedazos de piel verde. Aquello fue impresionante



Pero esto no se quedó sólo allí. Al rato, el bicho que guardaba la Romina entre sus tetas, repentinamente asomó la cabeza, y al ver a aquel ser verde, movió sus antenas. Con rapidez entonces comenzó a avanzar hasta llegar a una de sus piernas y allí, al igual que su hermana, mordió la piel verdosa como si fuera una simple miga de pan. 



El Guachurro, mientras tanto, enfurecido, seguía luchando, pero a la vez cerraba y abría los ojos, daba pequeños saltitos y trataba de quitarse de encima a los bichos, aunque estos no se iban y seguían pegados a su piel.



Fue entonces cuando una tercera cucaracha salió de mi nariz. Esta era dos pulgadas más grande que las otras y avanzaba lento, mientras se comía los últimos restos de mi pétalo rojo. La Romina, al verla, me apuntó entre sorprendida y asqueada. La siguió con la mirada hasta que llegó al brazo del Guachurro y soltó un gritito cuando la vio arrancar y masticar un pedazo de su piel.



A la vista quedó un hueso amarillento y la bestia lanzó un gemido terrible. Eso bastó para que al menos soltara a la Feña, que, aliviada, se dejó caer, respirando al fin con más libertad. Yo seguí observando el hueso amarillento, y luego advertí que la cucaracha gigante volvía al ataque, aunque ahora a su cuello. Aquello me dio una idea.



Mientras seguíamos luchando, di vuelta la cabeza y observé el pasillo donde hace poco se paseaba preocupado el Camilo, y comprobé si aun seguían allí. Si, estaban, bichos de todos los colores no dejaban de asomarse y de mover sus antenitas en nuestra dirección. Con la boca le indiqué el pasillo de los bichos al Camilo, y este, sudoroso y enrojecido, asintió. 



Esperamos a que la cucaracha gigante mordiera de nuevo y entonces, aprovechando la debilidad de la bestia, la empujamos hacia el pasillo de las cucarachas. La verdad, no tuvimos que hacer mucho esfuerzo. Estaba débil y se dejó guiar con facilidad. Es más, cuando cayó encima de los bichos, se escuchó un CRAC sonoro y luego un silencio. Parecía acabada.



Sin embargo, con el Camilo observamos con preocupación como el Guachurro de inmediato comenzaba a moverse un poco hacia adelante, incorporándose. Por fortuna, rápidamente un grupo de cucarachas agitó las antenas y otras empezaron a subir por sus piernas. Con horror las vi morder y arrancar pedazos, mientras la cucaracha gigante, ahora en la cabeza, seguía engullendo enormes trozos de piel verdosa. Un fluido viscoso empezó a brotar desde la cabeza del Guachurro, cayendo por su frente y su rostro. El gritaba y hasta me dio pena verlo así, pero me hice el fuerte.



Al rato ya no quedaba nada de nuestro amigo verde, ni siquiera huesos o algo de cabello, nada. Los bichos seguían caminando por el pasillo y estaban gordos. La cucaracha gigante lo estaba aun más y a duras penas se movía entre sus hermanas menores. Era un espectáculo impactante y la Romina gritó y se fue a esconder a su cuarto



La Feña, luego de recuperarse, nos preguntó que había pasado. Le explicamos lo de las cucarachas y ella no lo podía creer. Cuando fue al pasillo y las vio allí, todas gordas y revolcándose, se puso la mano en la boca y se fue corriendo hacia el baño. Luego volvió y se sentó en el sofá. Estaba agitada y temblorosa, pero aun así tuvo tiempo para preguntar por uno al que hacia rato habíamos olvidado: el niño. 



El Camilo y yo nos miramos a la cara y no supimos que decir. Nadie se había acordado de él. La Romina, encerrada en su cuarto, al escuchar aquel nombre, comenzó a gritar y nos dijo que nos calláramos. El Camilo se adelantó y caminó hacia el cuarto del niño. Lo seguí yo. La Feña se quedó acompañando a la Romina y se echó a la boca un bocadillo de la bolsa.



Cuando entramos, el Camilo encendió la luz, y lo primero que vimos fue al niño partido en dos sobre la cama. Las mantas estaban rojas y desde ellas caían gruesas gotas de sangre sobre el piso. No supimos que decir. El Camilo se arrodilló frente a la cama y trató de unir un poco las piernas con el resto del cuerpo, pero era inútil. Se sentía culpable, así que guardé silencio.



Entre los dos lo sacamos. No quisimos decirle nada a las minas, así que como pudimos lo llevamos hasta el living. En el pasillo aun quedaban algunas cucarachas flacas y hambrientas, que movían frenéticas las antenas y a ellas les tiramos las piernas y la otra parte del cuerpo.



- Al menos se fue feliz – Dijo el Camilo, observando como los bichos se devoraban su aun empalmado pene.

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Sunday, September 28, 2014

NO TE PREOCUPI VIEJA, ESTOY BIEN



Por Gonzalo Vilo


Una botella de ron barato, casi vacía, estaba erguida sobre la pequeña mesita de centro. Era una botella algo cuadrada, con un extraño dibujo en el exterior: la cara de un demonio guiñando un ojo, y el dibujo producía un extraño efecto si uno se lo quedaba mirando por mucho tiempo, como si pudiera llevarte muy lejos de allí, aunque no sé si al infierno. A su lado Fabián dejó un vaso a medio llenar y tomó el teléfono que estaba a su derecha, arriba del viejo parlante de su radio. Hacía unos cinco segundos que este había roto el silencio de aquel pequeño departamento y Fabián, quien rápidamente colocó el teléfono sobre su oreja izquierda, tuvo un presentimiento sobre quien podría ser.


- ¿Mamá? -.
- Chanchito – Dijo la voz al otro lado de la línea - ¿Te desperté? -.

Fabián miró hacia la ventana sin cortinas que estaba a su izquierda: dentro de aquella oscuridad impenetrable, pequeños fulgores plateados flameaban incandescentes.


- No mamita, no – Negó Fabián - Estoy levantado todavía, estaba, viendo tele -.
- Oh…bueno, trata de no quedarte hasta tan tarde – Le aconsejó ella - Acuérdate que hoy recién es martes, y mañana tienes que ir al trabajo -.
- Si mamá, esta bien, en un par de horas me voy a acostar, no te “preocupi” -.
- ¿Por qué no me habías llamado? – Le reprochó de pronto la madre – Hace meses que no sabía nada de ti, no había querido molestarte porque no quería ser como esas viejas intrusas que no dejan tranquilos a sus hijos, pero.... -.
- No he tenido tiempo vieja, tu “sabis” como es la vida acá.... -.
- Uno siempre encuentra tiempo hijo, uno siempre lo encuentra, si uno se lo propone -.


Fabián suspiró entregado y volvió a beber de su vaso, ahora medio vacío.


- ¿Estás bebiendo? – Preguntó ella.
- Ehh.... -.
¿Estás con Fabiola? -.
- No, vieja, Fabiola... -.
- Mándale saludos, siempre le digo a tu padre que ella si que vale la pena, no como esas huecas con las que andabas antes, ¿Cómo era que se llamaba esa rubia? -.
- Mamá, no... -.
- Gabriela, eso, una hueca y una suelta también -.


Fabián comenzó a buscar por entre los cojines de su destartalado sillón hasta que encontró los cigarros. Sacó dos que estaban doblados. Aun así encendió uno de ellos y le dio una larga y profunda calada. Con el pie acercó el cenicero que estaba en una esquina de la mesa de centro.


- ¿Y cómo está el Matías? - Preguntó Fabián, cambiando el tema.
- Ahí está – Respondió la madre - Está cada día más parecido a ti, no se despega de su pelota de fútbol, está todo el día afuera jugando con los amigos -.


Fabián miró por la ventana y luego posó su vista en una foto enmarcada que tenía sobre la mesita de centro. En ella aparecía el con doce años, junto a su padre. Ambos llevaban la camiseta de Colo-Colo. Él sostenía una pelota de fútbol debajo del brazo.


- También empezó a tocar el piano –. Agregó la madre.
- Eh…. ¿Cómo? -.
- Que también Matías empezó a tocar el piano, igual que tú – Repitió la madre - Me acuerdo cuando tú tocabas, lo hacías tan bien, tocabas tan bonito -.


Él no dijo nada, ahora estaba concentrado tratando de hacer figuras con el humo del cigarrillo.


- ¿Estás fumando? – Exclamó ella.


Al escucharla, Fabián de pronto movió el pie con brusquedad y su vaso cayó al suelo, rompiéndose en varios pedacitos.


Rápidamente Fabián se dirigió a la cocina y trajo algo de papel de diario. Con mucho cuidado colocó algunas páginas en el piso y trató de secar la humedad, pero no pudo evitar que la mancha quedara impregnada sobre la alfombra. La madre por su parte seguía esperando al teléfono y el incluso podía oír su respiración al otro lado de la línea. Al final, y acompañándose de un resoplido, volvió a tomar el aparato.


- ¿Vieja? -.
- ¿Qué pasó chanchito? -.
- Nada, estoy bien, sólo se me quebró un vaso y…. -.
- De eso ya me di cuenta -.
- Jaja, si -.
- ¿Que pasó? Tú antes no fumabas........ -.
Lo hago sólo de vez en cuando vieja -. Dijo Fabián palpando las dos cajetillas que comenzaban a hundirse entre dos de los cojines del sofá – Lo hago cuando estoy aburrido, para matar el tiempo y el frío, nada más -.
- No tienes que darme explicaciones, sabes -.
- Lo sé, lo hago para que no te “preocupis” mamita, estoy bien -.
- Ya van dos veces -.
- ¿Dos veces de que? -.
- Dos veces que me dices que estás bien -.


Fabián guardó silencio y tomó una hoja de papel que estaba debajo de la mesita de centro. La hoja estaba escrita a mano con tinta azul y la letra era algo difícil de leer, como si hubiese sido escrita sobre un auto en movimiento o en medio de un largo temblor.


- ¿Y donde está Fabiola? -. Volvió a preguntar la madre - ¿Está durmiendo? -.
- ¿Qué? -.
- Fabiola ¿Está durmiendo? -.
- Mamá... -.
- Esa niña es tan buena, un pan de dios. Sabes, el primer día que la invitaste a la casa yo supe que era la mujer para ti -.
- Si, claro... -.
- No, es cierto, al verla a los ojos supe que te amaba y que te haría muy feliz. Es una niña buena e inteligente además, ni se te ocurra dejarla ir, por nada del mundo -.


Fabián suspiró y se apoyó en el respaldo del sillón con el rostro mirando hacia el techo. Sus ojos estaban algo cansados.


- Uno no debe estar solo hijo – Volvió a aconsejarle la madre – Uno no debe estar solo, y menos un hombre, ustedes son un desastre si una no está allí para cuidarlos -.
- Si se mama -.
- Oh, que increíble – Se sorprendió ella - No puedo creer como ha pasado el tiempo. Todavía me acuerdo cuando te llevaba de la mano para todos lados y me hablabas con esa vocecita tan dulce que tenías y ahora…estoy aquí, hablando contigo de mujeres….. -.


Él guardó silencio de nuevo y apretó los dientes. Luego miró la hoja de papel y volvió a darle una larga calada a su cigarrillo.


- En fin, ahora estás grande y tienes una mujer que va a cuidarte – Concluyó ella – Pronto no te darás ni cuenta cuando estés rodeado de tus pequeños críos saltando a tu alrededor -.
Fabián entonces se enderezó en el sillón, y apretó el teléfono con fuerza. Se mordió los labios.


- Chanchito – Dudó la madre - ¿Estas allí? -.
- Si vieja, estoy escuchándote -.
- Chanchito, Sabes, hay algo que nunca te hemos dicho, ni yo ni tu padre -.


Un vehículo, sin embargo, se estacionó abajo, en la calle. Fabián, con el teléfono aun en la oreja, se levantó del sillón y fue a ver que pasaba.


- Hay algo que nunca te he dicho – Repitió la madre.
- ¿Qué? -.
- Te quiero hijo… -.
- Eso siempre me lo dices, vieja -.
- No hijo, en serio, te quiero, y por eso me siento tan orgullosa de ti. Nunca te lo dije, no de esta forma al menos, pero siempre supe que te iba a ir bien, que podías lograrlo -.


Desde la ventana Fabián vio como alguien se encaminaba hacia el edificio. Era un hombre joven, aunque un poco mayor que él y vestía completamente de negro. Debajo del brazo traía un paquete del tamaño de una caja de zapatillas.


- Hijo... -.
- ¿Qué? -.
- ¿Me estás escuchando? -.
- Si vieja, si, oye... -.
- Hijo, yo sé que a veces....yo sé que hemos tenido nuestras diferencias, pero quiero que sepas que nunca he dejado de confiar en ti, nunca -.
- Ya sé vieja – Respondió Fabián mientras se dirigía hacia la puerta.
- Solo quería decírtelo hijo, ahora que estás allá..... tan lejos -.
- No te “preocupi” vieja, estoy... -.
- Bien, si, ya sé.... -.


De pronto se escuchó que alguien llamaba a la puerta. Fabián abrió de inmediato y se encontró con el mismo tipo vestido de negro que vio desde la ventana. Ninguno se dijo nada, sólo se hicieron un gesto con las cejas y aquel hombre entró al departamento.


- ¿Quién es? -. Preguntó la madre
- Vieja, espérame un cachito, al tiro vuelvo -.
- ¿Qué pasa hijo? Que... -.


Fabián entonces se perdió en una de las habitaciones interiores, pero enseguida volvió con un sobre. Rápidamente se lo entregó al tipo, y mientras este se quedaba revisando el contenido, Fabián regresó al teléfono con su madre.


- ¿Mamá? – Al llamarla Fabián miró de reojo al tipo, que seguía allí, contando.
- Si hijo, aquí estoy ¿Quién era? -.
- No, nadie, el vecino, quería.... -.
- Oh, bueno, me alegro de que tengas amigos -.
- Amigos, si... -.


El tipo de negro le hizo un gesto a Fabián y le indicó el paquete, el cual dejó sobre un estante, al lado de una foto en donde aparecía Fabián abrazado con una mujer joven y hermosa. El tipo finalmente se despidió del dueño de casa sin poder reprimir una sonrisa. Fabián comprendió de inmediato y le guiñó un ojo.


- Oh, mira la hora que es – Se quejó la madre – Mañana temprano tengo que llevar a tu padre al médico y.... -.
- Está bien mamita, otro día seguimos hablando -.
- Sabes -.
- ¿Qué? -.
- Tu voz, me suena extraña, ¿De verdad estas bien chanchito? -.
- Si vieja, ya te dije, no te “preocupi”, estoy bien -.
- Bueno, me voy entonces, pero recuerda lo que te dije hijo -.
- Si vieja, si... -.




No había salido aun el tipo de negro del edificio, cuando otro vehículo se estacionó afuera. Fabián miró la hora y caminó hacia la ventana. Desde allí vio que se bajaba un tipo de edad mediana, vestido con chaqueta y corbata. Traía un maletín en su mano derecha.


- Muchos besos hijo – Siguió despidiéndose la madre – Ojalá que te siga yendo bien, tú sabes que acá estaremos apoyándote siempre, no importa lo que pase -.
- Si vieja, ya se.... -.
Confiamos en ti hijo, no lo olvides...... -.


Fabián entonces ve que el tipo de chaqueta y corbata entra en el edificio y lo escucha subir por las escaleras. Sin querer perder el tiempo, se acerca a la puerta y espera.
De pronto llaman a la puerta.


- ¿Otra vez el vecino? –. Preguntó la madre.
- ¿Qué? -.
- Te pregunto si es el vecino el que golpea la puerta de nuevo -.
- Si, si, vieja, oye, tengo que colgar..... -.
- Claro hijo, ya es muy tarde.... -.


Con algo de reticencia Fabián abrió la puerta, encontrándose de inmediato con aquel tipo. Con un gesto amistoso lo dejó entrar y aquel hombre se abrió paso lentamente, apoyando luego su maletín sobre la mesa del comedor.


- Hijo – Llamó la madre de nuevo.
- ¿Qué? -.
- Te quiero -.
- Yo también mamita – Respondió Fabián, mirando de reojo hacia donde estaba el tipo – Yo….yo también te quiero -.
- Y no te pierdas quieres, trata de llamarnos de vez en cuando -.
- Claro, vieja, claro, mañana te voy a llamar.... te lo prometo -.
Fabián se dio cuenta de que aquel hombre lo observaba. En su rostro había una amplia y burlona sonrisa.


- Chao hijo, y cuídate –. Se despidió finalmente la madre
- Claro mamita, claro, igualmente, saludos a todos por allá -.


Después de colgar, Fabián fue de inmediato en busca del paquete y se lo entregó al tipo que aun esperaba de pie, al lado de la mesa del comedor. El hombre entonces abrió aquella cajita de cartón y al ver lo que había en su interior, sonrió. Luego tomó el maletín y con un suave movimiento lo abrió para que Fabián revisara a su gusto. Sin nada más que hacer, se puso a observar el interior de aquel departamento. Arrugó el rostro con desagrado.


- ¿Hablaste con ella? - Preguntó el hombre.
- Si – Respondió Fabián sin quitar la vista de los billetes.
El hombre entonces lo miró con interés.
- ¿Y que te dijo? -.
Fabián volteó el rostro con lentitud hacia él y se encogió de hombros.
- Bueno – Dijo el hombre – Algún día ibas a tener que decírselo -.


Sin mucho ánimo Fabián caminó hacia el interior del departamento. Cuando volvió, traía una bolsa en la mano y con tranquilidad la llenó con el contenido total de aquel maletín. Luego, con un abrazo y un apretón de manos, se despidió de aquel tipo.
Desde la ventana Fabián lo vio dirigirse de vuelta al vehículo. El tipo caminaba con parsimonia, seguro de si mismo, y atravesó la calle sin problemas mientras se subía las solapas de la chaqueta. Llevaba el paquete muy seguro dentro del maletín y miraba con atención en ambas direcciones.


Al llegar al vehículo, buscó las llaves en su bolsillo. No pareció dar con ellas, aunque aquello no afectó su tranquilidad en lo absoluto. Es más, en vez de preocuparse, comenzó a silbar una extraña tonada y luego a cantar una canción que Fabián jamás había escuchado en la vida. Cosas de viejos, pensó. En fin, Fabián desde la ventana lo vio hurgar en su bolsillo y sabía que aquel hombre jamás lo comprendería, ni a él, ni a nadie como él, que no comprendería nada, nunca, y por primera vez le tuvo lástima.


Estaba pensando en ello cuando observó que alguien se aproximaba. Era el tipo vestido de negro. Aquel hombre hizo un gesto con los dedos y le silbó al hombre de chaqueta y corbata y luego se acercó a él para pedirle fuego. Fabián, apoyado en el marco de la ventana, no hizo más que encender un cigarrillo y esperar.


Con amabilidad el hombre de chaqueta y corbata sacó un encendedor desde el interior de su chaqueta y se lo ofreció al tipo de negro. El otro encendió su cigarrillo y expulsó un poco de humo por la boca. Sus ojos estaban clavados en el cuerpo del hombre de chaqueta y corbata y lo miraba hurgar en su bolsillo con inquietud. Le devolvió el encendedor y el otro lo recibió dándole la espalda.


- Llaves de mierda – Exclamó el hombre con rabia – Pero si las tenía aquí, en mi bolsillo…. -.


El tipo de negro tendría que haber dado la vuelta y haber seguido su propio rumbo: habría sido, al menos, lo más normal. Pero he aquí que él también comenzó a hurgar en su bolsillo. De pronto, y sin esforzarse mucho, sacó un cuchillo y comenzó a acercarse hacia el hombre de chaqueta y corbata. Lo hizo con sigilo y empuñaba su cuchillo esperando el momento propicio, buscando el mejor ángulo; y cuando lo encontró, con un diestro movimiento de su mano le atravesó la garganta al hombre de chaqueta y corbata.
Aquel pobre hombre cayó de inmediato al piso, fulminado, probablemente ya sin vida, y cuando lo vio caer, el tipo de negro no vaciló en tomar el maletín y salir huyendo con rumbo desconocido.


Sin mucho ánimo Fabián cerró la cortina y volvió al sofá, en donde comenzó a llenar nuevamente su vaso hasta la mitad. No tenía ganas de nada la verdad, pero antes de sentarse, se encontró con la hoja que había quedado tirada y olvidada sobre el sillón y no pudo soportar la tentación de leerla por segunda vez, de principio a fin. Cuando terminó, no hizo más que seguirla observando, releyéndola, a ver si encontraba algo entre líneas que le diera alguna esperanza. No encontró nada obviamente.


Se quedó allí un par de segundos, pensando, mientras su cigarrillo se consumía. Antes de apagarlo del todo, lo acercó lentamente hacia la hoja, y la hizo arder. Casi hipnotizado observó como la llama devoraba aquellas palabras y no advirtió la llegada de los primeros vehículos policiales. Ya nada le importaba


Finalmente se levantó para mirar por la ventana. La carta a esa altura ya se había convertido en un montón de cenizas negras y todas ellas se esparcieron sobre la mesita de centro y sobre la alfombra. Fabián observó a los señores de verde que se paseaban alrededor del cadáver y no experimento el menor grado de angustia. Todo parecía tan irreal, tan absurdo…..


Estuvo observando lo que hacían los carabineros por un rato mientras seguía bebiendo lo que quedaba de su ron. Escuchó el murmullo de la gente allá abajo y las sirenas de las ambulancias abriéndose paso a través de la noche.


- Ya nada tiene importancia, pensó, todo se ha ido a la mierda -.


Quiso bajar, total, ¿Qué más daba? Pero en vez de eso se acomodó un poco más en el sofá y terminó quedándose dormido.


Antes de dormirse eso si, revisó por ultima vez su bolsillo. Si, allí estaban, las llaves del auto del hombre de chaqueta y corbata.







Sunday, September 7, 2014

HECTOR







              Había un vacío, se notaba. Las noches eran largas y angustiosas y yo me cagaba y me meaba con asiduidad. Aun creía en el viejo pascuero, en dios, y en el monstruo de debajo de la cama y la luna era una horrible bruja que chillaba brillantes pulgas escarlatas. Nada se podía dar por seguro, y la noche viajaba conmigo por un subterráneo enfermizo y subyugado, hasta llegar a un tétrico castillo de naipes, en donde yo era un simple prisionero, obligado a callar por el bien común.



La mañana en que llegó Héctor fue la peor de todas. No había dormido nada y mi rostro no era más que un simple bosquejo lineal. Y es que esa noche, amigos, se llevaron a Aníbal, se lo comieron entre esas llenas parlanchinas y mis gritos no sirvieron de nada y mis llantos…….



Por eso la llegada de Héctor fue como un milagro. Un mandato bendito del dios lineal. Sus patas gordas y negras y su cuerpo blanco y redondo eran sinónimos de seguridad y bienestar. Por eso aplaudió Mario, el polilla, pegado a su telaraña y supe que todo iba a cambiar. Las llenas carnívoras no volverían a acercarse en medio de la noche común en donde debía callar. Ya no más, ya no más, ya no más.





De inmediato a Héctor lo pusieron a mi lado y sus ojos luciérnagas me ensimismaron. Raquel, cuya cabeza se había fugado, aplaudía, pero yo seguía repitiendo mis maldiciones contra las llenas, esas malditas llenas perdidas, rameras, mariconas, que se habían llevado a Aníbal, al triste y bueno de Aníbal..



Al llegar la noche, Polilla y araña jugaban al sube y baja y Raquel se pintaba la falda color celeste. Todos esperaban y observaban de reojo a Héctor, quien no movía ninguna parte de su cuerpo. Extraño, considerando que faltaba poco para que las llenas carnívoras volvieran al ataque, pero en fin, él ni se inmutaba.



Yo desperté cuando a polilla lo tenían agarrado de las patas, y entonces, no hice mas que esconderme bajo las sabanas de pulgas escarlatas. Solo escuché rugidos, gritos, llantos. La noche que debía callar de pronto se convirtió en una falda pintada de celeste, sobre una triste telaraña de pánico. 



Cuando las llenas al fin se fueron, me levanté para ver como estaban todos. Héctor estaba en el mismo lugar, sin un rasguño, y así también polilla y Raquel. Para mi sorpresa, algunas llenas yacían inertes en el suelo y una hasta colgaba de la telaraña, y sus entrañas eran un enjambre de rosas verdes oblicuas, con olor a cocina clandestina. Bob, el palitroque policía, lo contó todo, y dijo, Héctor es un loco, Héctor es un héroe. Aunque vaya a saber uno si decía la verdad: nunca he confiado en los polis, y menos si es un palitroque. En todo caso, el polilla y Raquel lo apoyaron.



- Gracias Héctor – Dijo Raquel – Sin ti habría perdido la cabeza.



Los ojos luciérnagas chillaban como una loba en celo y el amanecer escarlata llegó de pronto y fue una lluvia de pulgas comunes bajo un sube y baja celeste.



Abracé a Héctor de los pies y los besé. El era mi protector, y había que comenzar a tratarlo como tal. Con dadivas de crema, saborizantes de perlas fruta, que estaban de estación. Era un homenaje sincero, empapado, de llamas el corazón. Héctor nos había salvado, y ahora las llenas nunca mas nos iban a a molestar. Nunca más, nunca más, bueno, eso pensaba yo.



Todas estas imágenes se me han venido de golpe esta mañana, treinta años después: todos estos recuerdos encantados de luces giratorias. Hoy día que vi a Héctor en el sucio y olvidado baúl de los recuerdos, una parte de la noche y la oscuridad brotaron del subterráneo oblicuo para hacerme llorar. Héctor ya no puede ver, me dije, las luciérnagas volaron, y el polvo estelar ahora lo cubre todo, de olvido. A mi derecha encontré una telaraña y creí ver jugar otra vez a polilla y araña, pero no, solo había una mosca varada. La liberé por los buenos tiempos.



Ahora el murmullo y las risas de las llenas las escucho no solo en mi habitación, están en todas partes, y su eco es siniestro e inquietante. Pero Héctor a perdido sus luciérnagas. Rodaron como luces giratorias hacia el subterráneo oblicuo, y ya no se puede hacer nada, nada. Héctor sin sus luciérnagas no es nada, apenas un adorno, y más aun ahora que el mundo es una llena gigante y que el dios lineal al fin nos ha rechazado. A esta altura la verdad, ya solo queda ser como ellas, una carnívora ramera, y matar por un pedazo de sueño, antes que las pulgas celestes lo iluminen todo.